Fue más cansancio físico que blues post carnaval. Se fueron los paraguayos y me dio pena un día entero pero al siguiente ya estaba lista para un nuevo partido. Se acabó el mundial y ahora solo pienso en volver a Lima después de tres años. Una vez allá estaré ocupada planeando viajes y el reencuentro de mi promoción. Y luego empezaré a pensar en lo qué haré al volver a Sudáfrica...
Vivir lejos permite descubrir constantemente nuevos aspectos de uno mismo y Facebook resulta un aliado inesperado. Muchos amigos criticaban que me pintara de distintos colores o vistiera cuatro camisetas distintas. Yo francamente no entiendo cuál es el rollo: si veo un partido entre un equipo que me gusta ─porque el país me encantó, porque tengo amigos de esa nacionalidad, porque vivo ahí, porque mi abuelo era de allá, etc.─ y uno que me provoca cero sentimiento ─digamos Serbia o Corea del Norte─ obviamente apoyo al primero. Si juegan dos que me gustan probablemente me incline más por uno pero no me entristece si gana el otro. Y si mis favoritos van desapareciendo pues busco nuevos equipos. El proceso no es difícil si no juega mi país y si el mundial se juega en mi casa: ¿cuál es la gracia de ir al estadio vestido de colores neutrales?
Más allá de eventuales variaciones de camiseta, la situación me hizo reafirmarme en mi pasión por el cambio. Por lo general entierro rápido a mis muertos y prefiero vivir a la expectativa de lo que viene que rumiar la nostalgia por lo que se fue. Supongo que siempre fui así pero todo se hace más fácil cuando uno adquiere esa profunda convicción que suele ser esquiva con menos años: por más que duela dejar gente, lugares y circunstancias siempre habrá otra gente, otros lugares y otras circunstancias que resultarán igual de atractivas e interesantes. Nada más fascinante que la página en blanco.
Será que mi vieja tenía razón con eso de ser Géminis...