Alguien que me parche un poco, sin duda; que limpie mi cabeza, de hecho; (que cocine guisos de madre, desesperadamente); pero, sobre todo, necesito alguien que me cuadre.
Hay que estar lejos de los amigos para comprender el efecto de su ausencia. Más allá de la nostalgia por las chelas compartidas, las ocasiones celebradas juntos, los hombros donde se ha llorado, los chistes que solo ellos entienden; más allá de la temible intensidad con que tiempo y distancia corroen la familiaridad, de la catastrófica falta de piel, de la sensación de no pertenencia, de la angustia que te inunda al sentir que los pierdes, la falta de los patas, los de antes, los de allá, los de siempre, implica ir por la vida sin ecualizador.
Cierto, hay otros en el nuevo aquí y ahora; mas nada como los viejos afectos, aquellos que no solo se forjan en el extenso kilometraje recorrido, sino que comparten una complicidad natural casi imposible de alcanzar en relaciones interculturales.
Si te excediste en una discusión, un amigo te para en seco; si te empeñas en amar al hombre autodestructivo, una amiga no se cansa de repetirlo; si exageraste el atuendo, un pata gay te soltará el comentario; si te pones espesa cuando ebria, un compañero de juerga te pondrá en jaque; si engordaste, todas te lo harán notar; si el spm te pone insoportable, alguien dará la señal de alarma; si eres injusta con tu novio, alguna te lo advertirá; si en un momento de gloria te alucinas, alguno te bajará de tu nube.
Eso hacen los amigos: te ajustan los botones sin querer queriendo hasta que tus frecuencias quedan bien calibradas. Sin ellos, corres el riesgo de sonar terriblemente desafinada.
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