jueves, 16 de julio de 2009

Hasta siempre, amor

Es de un romanticismo dulce, poético, musical.

El director de orquesta británico Edward Downes y su mujer Joan decidieron que el cáncer, la ceguera y la sordera son demasiado innobles y no vale la pena librar semejante batalla en cuerpos cansados, envejecidos, al borde de la caducidad. Recibieron ayuda de los suizos –su país les niega un derecho tan elemental como la muerte–, bebieron sus pócimas, se dieron la mano, se dijeron hasta siempre y cerraron los ojos, sumergiéndose juntos en el más dulce sueño. Ya crearon y procrearon, ya amaron y tiraron, ya comieron y bebieron, ya vieron y viajaron, ya hablaron y leyeron, ya bailaron, ya escucharon, ya sintieron. ¿Cuál es la necesidad de prolongar la vida cuando esta ya no proporciona ningún placer?

Las absurdas acusaciones, obviamente, provienen de los creyentes. Solo quienes son incapaces de guiar su propia vida creen que alguien distinto a uno mismo tiene derecho a decidir cuándo ponerle fin. Yo creo que no hay mejor final que aquel que nosotros mismos podemos elegir. Difícil hacerlo cuando aún hay expectativas. Más sencillo y natural cuando la perspectiva es luchar hasta extenuarse contra el dolor físico, el agotamiento emocional y la lenta espera de la muerte.

Me parece tan tentador que casi quisiera que me llegue el día para despedirme de la vida con tanta gracia, tanta dignidad, tanto amor.

2 comentarios:

80M84RD3R0 dijo...

tu articulo es una belleza

absolutamente conmoverdor

y con un final sublime

moniq dijo...

gracias, poeta...