Comienzas con tus patas más cercanos y se siente bien recuperar la cotidianeidad que se pierde al estar físicamente lejos. El mail siempre está, skype acompaña con frecuencia, pero en FB uno no requiere tiempo para escribir un mail ni coincidencia de horas para llamar. Y, a diferencia del MSN, no se impone en tu pantalla: aquí todo fluye con naturalidad y cada quien va a su propio ritmo.
Actualizar el status es como encontrarte con alguien en un bar y que te suelte un “y, qué novelas?”. Como respuesta, basta un “ahí…”. Colgar un álbum de fotos es como regresar de un viaje y compartirlo con los amigos, solo que acá es con todos a la vez. Colgar un video es como visitar a un amigo con un DVD fresquito de Polvos Azules, más paja escucharlo con alguien. Mandar saludos de cumpleaños nunca fue tan fácil y ser el blanco de los saludos te genera una vibra alucinante. Con la foto del perfil muestras diversas caras, como en persona, y tus opiniones sobre los posts de otros son como la conversa con la mancha.
Pero lo más increíble de FB es ser tremenda plataforma de reencuentro. Te acuerdas de un pata al que no ves hace 20 años, tipeas su nombre y ahí está; cerca, muy cerca, aún cuando viva en Dubai. Ubicar a uno casi siempre implica dar con otro y así comienza la avalancha. Y mantener todas esas amistades recuperadas es tan fácil como lanzar comentarios sueltos de vez en cuando.
FB es bueno para todos pero aún más para quienes, autoexiliados por el mundo, alimentamos el deseo de volver. Mantiene los afectos presentes, frescos, renovados. Está, como D’onofrio, cerca de ti.
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