Jacob Zuma es un líder nato que arrastra multitudes. Posee la habilidad máxima de un político en campaña: que todo el mundo crea que es uno de los suyos, logrando inmediata empatía. Con camaleónica astucia e innato carisma se mete al bolsillo a obreros y empresarios por igual, conecta con mandamases europeos, reconcilia ancestrales rivalidades étnicas, explota su viril africanidad bailando en piel de leopardo y ostentando feliz poligamia, inflama el orgullo zulu entonando su famoso canto de batalla “Umshini wami” (“tráiganme mi metralleta”) y no se mancha las manos atacando a sus rivales (para eso está el inefable líder juvenil Julius Malema).
Si hasta la gente más informada y analítica se deja llevar por su atractivo –y ningún opositor del apartheid acepta aún que votar por otro partido no es traición– era obvio que el ANC iba a obtener una aplastante mayoría en las recientes elecciones. Pero yo no puedo evitar la sensación de que el país podría ir camino a una de las clásicas catástrofes africanas de la era post colonial.
Ok, un poco exagerado. Sudáfrica no es Zimbabwe. La infraestructura es excelente, los servicios funcionan, la economía crece, tienen buenas relacionales internacionales y una excelente constitución. El tema es que el ANC está convencidísimo de que nadie lo sacará del poder (“reinaremos hasta que vuelva Jesucristo”, dijo Zuma) y la gran mayoría de la población también. Zuma acaba de ser exonerado de todos sus cargos por corrupción (tremendo chanchullo en la compra de armas) tras 8 años de investigación y fuertes pruebas en su contra, pues nadie se atrevía a llevar a juicio al futuro presidente. Pero eso no quita que la nube gris flote sobre su cabeza en las caricaturas. Hace un par de años fue igualmente librado de una acusación de violación, en cuyo juicio afirmó alegremente que fue sexo consensual y que en todo caso, la chica se lo buscó por andar en minifalda (además de soltar su ya famosa frase de que se cuidó del sida con una ducha post coito, inmortalizada en la ducha portátil con que siempre lo dibujan). O sea, el tipo se siente intocable. Y lo es.

Cabe añadir que su predisposición a decir a cada quien lo que quiere oír le ha valido una larga lista de acreedores. La izquierda, los empresarios, la inversión extranjera, los socios estratégicos y la gran población inundada de promesas están listos para cobrar, en medio de la crisis financiera, y no todos gozan de santa paciencia.
Mínima oposición, tremenda carga sicológica del electorado (son el partido de la liberación y gozan de la eterna influencia de san Mandela), ayayeros por doquier, escasa tradición democrática (quien critica al gobierno es acusado de racista) y una profunda convicción de que nadie les gana en las urnas convierten al ANC en un partido peligroso. El tránsito de la lucha por la liberación al gobierno no ha sido el más feliz y la intención de favorecer a las masas pobres se transformó en el camino en formas de enriquecer a una élite ("black diamonds") ligada al poder político y económico. Los grandes perdedores, vaya sorpresa, la gran mayoría negra que en 1994 soñó que un black president sería sinónimo de mejor calidad de vida. El gobierno de Zuma recién comienza pero siendo más objetiva que el sudafricano común –que aún lleva la horrible marca del apartheid en la piel– no veo motivos para ser optimista. Ojalá me equivoque.
* (La caricatura es una extraordinaria creación del talentoso Zapiro que levantó tremenda polvareda en un país ciertamente intolerante frente al humor político)