La primera fase de venta del mundial está por terminar. Es un proceso que implica solicitar entradas, con cuotas máximas y harta seguridad anti-reventa, y esperar. Si la demanda no es muy grande, obtienes tus entradas; si supera la oferta, se decide por sorteo.
Hasta ahora la demanda no fue mucha (salvo para la final) y un 70% de solicitudes viene de afuera. Tras meses de noticieros, diarios, revistas y comentarios de la gente, este es mi análisis de la situación del deporte rey en Sudáfrica y su consiguiente impacto en el mundial:
1. El rugby, que no el fútbol –aquí le dicen soccer aunque nadie me sabe explicar por qué– es el número uno. En número de fans, el fútbol gana. Pero si hablamos de apoyo al deporte, del sueño de vestir la camiseta nacional, del lugar que la selección ocupa en el mundo (bicampeones mundiales, actuales poseedores de la copa), de la presencia en los medios, de la capacidad de crear semilleros y de la solvencia económica de su hinchada, el rugby se la lleva de lejos. Pasa que desde tiempos lejanos, aunque ambos deportes son creación británica, los sudafricanos blancos (especialmente los Afrikaaners, descendientes de holandeses) adoptaron el rugby como su juego. Y hay que decir que abundando entre ellos las hipernutridas moles, tienen el tipo físico perfecto. Siendo el fútbol un deporte menos exigente en términos de músculos y presupuesto (la clásica pelota de trapo con pies descalzos), y por oposición a los opresores, la población negra hizo del fútbol su deporte. Y los negros tienen el físico para ello, delgados, veloces, ágiles, resistentes. Aunque ahora las cosas son muy distintas y se imponen cuotas raciales en el deporte, las cosas siguen más o menos divididas así.
2. El gran contingente negro que goza con el fútbol es pobre. Y aunque son capaces de sacrificar el almuerzo de una semana para presenciar un clásico Orlando Pirates vs. Kaiser Chiefs, un partido entre, digamos, Paraguay e Israel, no les provoca para nada. Aún no se sabe quién viene al mundial y cómo se reparten los grupos, así que es muy temprano para comprar.
3. No solo es temprano por razones estratégicas sino de tradición. Aunque los peruanos siempre supimos hacer la excepción cuando de partidos importantes se tratra (eliminatorias, por ejemplo), los sudafricanos negros tienen una tendencia similar a la nuestra de dejar las cosas para último minuto. Comprar con un año de anticipación es un imposible desafío a la capacidad de proyección de un pueblo acostumbrado a vivir al día.
4. Cero tradición. Nosotros respiramos fútbol desde la cuna, crecemos con la convicción de que es el deporte rey y gozamos como locos cada 4 años con la tremenda juerga del mundial: paran los colegios, se relaja la chamba, se vacían las calles, se paraliza la ciudad. Y eso sin que Perú juegue. Pero Sudáfrica estuvo muchos años fuera de los circuitos deportivos internacionales como castigo por el apartheid, así que solo saben de campeonatos mundiales desde los noventa. Muy poco para crear fiebre. Mucha gente acá ni se inmuta ante la maravillosa perspectiva de tener un mundial en casa. Alucinante.
5. El sistema de venta es complejo. Ok para quien suele comprar online pero desafiante para quien lo hace por primera vez. Y la única alternativa –llenar una solicitud en el banco y pagar por adelantado– tampoco es sencilla. Los formularios son complicados y hay que especificar hasta el documento de identidad de los acompañantes. Mucha vaina para el fan acostumbrado a llegar a la ventanilla con las justas, comprar su entrada y sentarse donde le da la gana (el número de asiento está de adorno). El rollo va a ser cuando la fiesta comience y se encuentren con estadios llenos. Toyi-toyi fijo.
6. Bafana Bafana, el seleccionado nacional irónicamente verde-amarelo, solo juega por ser dueño de casa. No pasa nada.
La FIFA anda de cabeza. Tanta vaina sobre estadios, alojamiento, transporte, presupuesto, crimen y tantos obstáculos por superar para que el mundial sea la fiesta que siempre es en casa de un anfitrión que nunca fue, y al final surge una amenaza inaudita atentando contra el éxito del 2010: el estadio vacío. Gracias a los extranjeros y probablemente a un tardío entusiasmo, eso no pasará, claro. Pero jodido, ¿no?